Un día como hoy, 14 de julio de 1789: la toma de la Bastilla

En la mañana del 14 de julio de 1789, multitudes se congregaron en París en medio de semanas de creciente tensión política, dificultades económicas y rumores de que las tropas reales se estaban concentrando para aplastar un incipiente movimiento reformista. Hacia la tarde, varios cientos de personas convergieron en la Bastilla, una fortaleza medieval en el extremo este de la ciudad que servía tanto de prisión estatal como, crucialmente ese día, de depósito de pólvora y armas que la multitud necesitaba con urgencia para la milicia que estaba formando para defender la ciudad.
La Bastilla ya había perdido gran parte de su antigua notoriedad como símbolo de la justicia real arbitraria hacia 1789; en ese momento albergaba solo siete prisioneros, ninguno de ellos los disidentes políticos de la imaginación popular. Lo que la convirtió en un objetivo ese día fue de índole práctica más que puramente simbólica: era uno de los pocos depósitos de armas que quedaban en París, y su gobernador, Bernard-René de Launay, controlaba el acceso a la pólvora que la multitud necesitaba.
Las negociaciones entre los representantes de la multitud y de Launay se prolongaron durante la mañana sin resolverse. Las tensiones se agravaron cuando la multitud, creyendo que las negociaciones se usaban para ganar tiempo, avanzó hacia el patio exterior de la fortaleza. Estallaron enfrentamientos y, tras varias horas de intercambio de disparos que dejaron decenas de muertos entre los atacantes, los defensores de la fortaleza, una pequeña guarnición de soldados franceses y suizos, se rindieron a media tarde.
Lo que siguió fue violento y los historiadores lo registran de forma directa, sin idealizarlo: de Launay fue apresado por la multitud y asesinado poco después de rendirse, y su cabeza, junto con la del preboste de comerciantes Jacques de Flesselles, asesinado en un incidente relacionado ese mismo día, fue paseada por las calles en picas. Los historiadores tratan estos asesinatos como parte del patrón más amplio de violencia revolucionaria que acompañó al colapso de la autoridad real en París ese verano, y no como un acto aislado.
La caída de la fortaleza tuvo, tanto para sus contemporáneos como para los historiadores desde entonces, una importancia que superó con creces su modesta relevancia militar. Representó la primera vez que parisinos armados desafiaron con éxito a la autoridad militar real y ganaron, demostrando que las fuerzas de la corona podían ser confrontadas directamente en la capital en lugar de simplemente suplicadas o negociadas desde una posición de debilidad. La noticia del suceso llegó al rey Luis XVI esa misma noche; según un relato ampliamente repetido, al ser informado del levantamiento, el rey habría preguntado si se trataba de una revuelta, a lo que el duque de La Rochefoucauld-Liancourt habría respondido que no era una revuelta sino una revolución, una frase que los historiadores consideran probablemente apócrifa en su formulación exacta, pero ampliamente reveladora de lo rápido que se comprendió la importancia del suceso en su momento.
Los historiadores generalmente sitúan la toma de la Bastilla dentro del contexto más amplio de la convocatoria de los Estados Generales a principios de ese año, la formación de la Asamblea Nacional por los representantes del Tercer Estado, y el creciente enfrentamiento entre diputados reformistas y una monarquía reacia a ceder poder, más que como un estallido de violencia repentino y aislado. La caída de la fortaleza aceleró un proceso ya en marcha, envalentonando a la Asamblea Nacional y desencadenando una ola de levantamientos similares contra la autoridad real en ciudades de toda Francia en las semanas siguientes.
En cuestión de días, la propia Bastilla se convirtió en un sitio de demolición en lugar de continuar en uso, mientras los parisinos comenzaban a desmantelar la fortaleza piedra por piedra, un proceso que se prolongó durante meses y convirtió fragmentos de la estructura en recuerdos distribuidos y vendidos como símbolos del nuevo orden político que se estaba formando. La propia demolición pasó a formar parte de la posteridad simbólica del suceso, un borrado físico de una estructura asociada al poder real, llevado a cabo por el mismo pueblo que la había tomado.
Francia comenzó a conmemorar oficialmente esta fecha como festividad nacional en 1880, casi un siglo después del suceso, eligiendo específicamente el 14 de julio porque podía interpretarse como un homenaje tanto a la toma de la Bastilla en 1789 como a la Fiesta de la Federación celebrada en la misma fecha en 1790, una celebración de la unidad nacional que muchos en la época preferían resaltar por encima de la violencia del suceso anterior. Esa doble lectura ha permitido que el Día de la Bastilla funcione como una conmemoración de los orígenes revolucionarios sin requerir un respaldo oficial a cada acto cometido ese día.
Los historiadores siguen debatiendo hasta qué punto la toma de la Bastilla debe leerse como un levantamiento popular espontáneo impulsado por la necesidad material inmediata de armas y pólvora, frente a una expresión más organizada de la movilización política que ya se gestaba entre los parisinos ese verano, y la mayoría de los relatos modernos la tratan como una combinación de ambas cosas: una incursión práctica en busca de armas que adquirió un significado simbólico desproporcionado debido a su momento y su desenlace.
Más de dos siglos después, la toma de la Bastilla sigue siendo una de las fechas más ampliamente reconocidas de la historia moderna, conmemorada cada año en toda Francia con desfiles militares, fuegos artificiales y celebraciones públicas, y estudiada en todo el mundo como el hito convencional del inicio de una revolución que transformaría la estructura política de Francia e influiría en movimientos revolucionarios mucho más allá de sus fronteras.
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