Por qué Steven Spielberg ha pasado toda una vida soñando con platillos volantes

Pocos cineastas están tan estrechamente asociados con el asombro del cosmos como Steven Spielberg. A lo largo de una carrera de décadas, ha vuelto una y otra vez al tema de los visitantes de las estrellas, dando al cine algunas de sus imágenes más perdurables del contacto con lo desconocido. Un reportaje de la revista Smithsonian explora de dónde surgió esa fascinación de toda una vida y por qué ha resultado tan duradera.
Dos películas definen la asociación. «Encuentros en la tercera fase», estrenada en 1977, imaginó el primer encuentro de la humanidad con una inteligencia extraterrestre no como una invasión sino como una comunión asombrada, con un clímax construido en torno a la luz y la música en lugar del conflicto. Cinco años después, «E.T. el extraterrestre» convirtió al visitante alienígena en una criatura amable y varada a la que se hace amiga un niño solitario, y llegó a ser una de las películas más queridas jamás realizadas.
Las raíces de estas historias, sugiere el artículo del Smithsonian, están en parte en la propia infancia de Spielberg. Como muchos niños de la América de posguerra, creció en una época saturada de imágenes del espacio, los cohetes y la posibilidad de vida más allá de la Tierra. Experiencias personales, entre ellas recuerdos de contemplar el cielo nocturno y una infancia marcada por convulsiones familiares, alimentaron una imaginación atraída por las ideas de evasión, asombro y conexión.
El telón de fondo cultural importó tanto como el personal. Las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial vivieron una explosión de interés por los platillos volantes, alimentada por las angustias reales de la era atómica, una oleada de avistamientos reportados y una pujante industria de la ciencia ficción. Spielberg maduró cuando la idea de visitantes extraterrestres estaba entretejida en el cine, la televisión y la conversación popular.
Lo que distinguía la visión de Spielberg era su tono. Donde buena parte de la ciencia ficción de épocas anteriores presentaba a los alienígenas como amenazas, encarnaciones de los miedos de la Guerra Fría, sus obras más célebres imaginaban visitantes benévolos y priorizaban la curiosidad sobre el temor. Ese enfoque optimista ayudó a reformular cómo el público concebía la posibilidad del contacto, ofreciendo esperanza en lugar de amenaza.
El reportaje del Smithsonian sitúa esto dentro de una tradición estadounidense más amplia de mirar hacia arriba. La fascinación del país por el espacio recorría su ciencia, su política y su entretenimiento, de la carrera espacial a un flujo constante de relatos sobre lo que pudiera haber ahí fuera. Las películas de Spielberg a la vez bebieron de esa fascinación y la amplificaron, dándole algunas de sus expresiones más memorables.
Su interés no se limitaba a la ficción. Spielberg ha hablado a lo largo de los años de una curiosidad genuina sobre la posibilidad de vida extraterrestre, un asombro de mente abierta sobre si la humanidad está sola. Esa apertura personal nutre la sinceridad de sus películas, que tratan la perspectiva del contacto como una fuente de sentido más que como mero espectáculo.
El tema también evolucionó a lo largo de su carrera. Proyectos posteriores revisitaron ideas de contacto alienígena en registros distintos, a veces más oscuros o ambiguos, reflejando cómo cambiaban tanto el cineasta como la cultura que lo rodeaba. El hilo conductor, sin embargo, permaneció: una fascinación persistente por lo que hay más allá de lo familiar y por cómo podrían responder los humanos ante ello.
Esa fascinación resuena porque toca algo universal. La pregunta de si estamos solos en el universo se cuenta entre las más antiguas que se hacen los humanos, y las películas de Spielberg le dieron una forma emocional, traduciendo un misterio cósmico abstracto en historias humanas íntimas de miedo, amistad y asombro.
El retrato del Smithsonian presenta en definitiva los platillos volantes de Spielberg como algo más que un motivo recurrente. Son una lente a través de la cual uno de los narradores más influyentes del cine exploró la esperanza, la infancia y el anhelo humano de saber qué más podría haber ahí fuera, una preocupación que ha moldeado no solo su propia obra sino también la manera en que generaciones de espectadores imaginan las estrellas.
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