El Sesquicentenario de 1926: por qué fracasó la fiesta del 150 aniversario de EE. UU.

En el verano de 1926, Estados Unidos se propuso celebrar el 150 aniversario de la Declaración de Independencia con una gran exposición en Filadelfia. El evento, conocido como la Exposición Internacional del Sesquicentenario, pretendía rivalizar con las grandes ferias mundiales de la época y honrar la cuna de la independencia estadounidense. En cambio, según la revista Smithsonian, se convirtió en uno de los fracasos más notorios de la historia de las celebraciones públicas del país.
La ambición era considerable. Filadelfia había acogido la célebre Exposición del Centenario de 1876, un triunfo que atrajo a millones y mostró la industria estadounidense al mundo. Medio siglo después, la ciudad esperaba repetir aquel éxito y reafirmar su lugar como cuna de la república. El plan era una feria extensa de edificios grandiosos, exhibiciones y participación internacional.
La ejecución quedó muy por debajo. Los preparativos estuvieron plagados de retrasos, y cuando la exposición abrió, gran parte estaba sin terminar. Los visitantes se encontraron con obras aún en marcha, exhibiciones incompletas y un recinto que no estaba listo para recibirlos. Una celebración destinada a proyectar confianza transmitió, en cambio, desorganización desde sus primeros días.
El tiempo empeoró una situación ya difícil. La temporada fue inusualmente lluviosa, y la lluvia cayó buena parte de los días que la exposición estuvo abierta, convirtiendo el recinto en barro y manteniendo alejado al público. Para un evento que dependía de la asistencia para cubrir sus enormes costes, el mal tiempo persistente estuvo cerca de ser ruinoso.
La asistencia nunca se acercó a las esperanzadoras proyecciones. Las entradas pagadas quedaron muy por debajo de lo que los organizadores habían previsto, y la falta de visitantes se tradujo directamente en falta de ingresos. La exposición se había construido sobre el supuesto de multitudes enormes, y cuando no se materializaron, sus finanzas se derrumbaron.
El resultado fue un desastre financiero. La exposición terminó profundamente endeudada y se deslizó hacia la bancarrota, dejando facturas impagadas y una maraña de pérdidas en lugar de la gloria cívica que sus planificadores habían imaginado. Lo que se pretendía como un orgulloso escaparate nacional se convirtió en una advertencia sobre la desmesura y la mala planificación.
Tanto historiadores como contemporáneos tuvieron dificultades para explicar cómo la celebración de un aniversario tan importante pudo salir tan mal. Las razones ofrecidas van desde una organización apresurada y una financiación inadecuada hasta la naturaleza cambiante del entretenimiento público en los años veinte, una era de la radio, el cine y el automóvil, cuando una exposición tradicional quizá tenía menos atractivo que antes.
Está también la cuestión de la comparación. El Centenario de 1876 había fijado un listón altísimo, y el Sesquicentenario se midió con un recuerdo de triunfo que no podía igualar. Suceder a un predecesor querido es difícil en cualquier ámbito, y el peso de las expectativas quizá hizo que las carencias de la feria de 1926 resultaran aún más evidentes.
No todo en la exposición fue un fracaso, y algunos elementos y estructuras asociados a ella dejaron una marca duradera en Filadelfia. Pero el veredicto general, emitido en su momento y repetido desde entonces, fue duro, y el evento se asentó en la memoria pública como símbolo de buenas intenciones deshechas por una mala ejecución.
El episodio perdura como un capítulo pequeño pero elocuente en la historia de cómo las naciones marcan sus hitos. Los aniversarios invitan a los grandes gestos, y los grandes gestos invitan al riesgo del gran fracaso. El Sesquicentenario se recuerda menos por lo que celebraba que por lo completamente que la propia celebración se torció, un recordatorio de que incluso una ocasión orgullosa puede deshacerse por la lluvia, la deuda y la prisa.
Para seguir leyendo

Cómo la zarza del Himalaya conquistó el noroeste del Pacífico
La zarza espinosa que cubre las cunetas del noroeste del Pacífico se introdujo como un cultivo prometedor y luego se escapó para convertirse en una de las plantas invasoras más agresivas de la región. Su historia, rastreada por JSTOR Daily, es un caso de estudio sobre cómo las buenas intenciones pueden remodelar un paisaje.

Un día como hoy, 6 de julio de 1885: Pasteur usa por primera vez la vacuna antirrábica en un humano
El 6 de julio de 1885, el científico francés Louis Pasteur administró su vacuna antirrábica experimental a un niño de nueve años mordido por un perro rabioso. El niño sobrevivió, y el tratamiento se convirtió en uno de los momentos fundacionales de la vacunación moderna y de la teoría microbiana de la enfermedad.

Por qué Steven Spielberg ha pasado toda una vida soñando con platillos volantes
De «Encuentros en la tercera fase» a «E.T.», Steven Spielberg ha vuelto una y otra vez a la idea de visitantes de las estrellas, y la revista Smithsonian rastrea las raíces de esa fascinación. Es una historia sobre la infancia del director, la América de posguerra y el atractivo perdurable de lo desconocido.

El Ness of Brodgar: el misterio de la Edad de Piedra que se desentierra en Orkney
El Ness of Brodgar, un vasto complejo neolítico en las islas Orkney de Escocia, es uno de los yacimientos de la Edad de Piedra más importantes de Europa, y una nueva excavación indaga un misterio oculto bajo él. HistoryExtra informa de por qué el sitio sigue reescribiendo lo que creíamos saber sobre la Gran Bretaña prehistórica.

Un día como hoy, 5 de julio de 1996: nace Dolly, la oveja, el primer mamífero clonado
El 5 de julio de 1996 nació una cordera llamada Dolly en el Instituto Roslin de Escocia, el primer mamífero clonado a partir de una célula adulta. Su nacimiento transformó la biología y encendió un debate mundial sobre la clonación que sigue moldeando la ética y la investigación hoy.