Un día como hoy, 6 de julio de 1885: Pasteur usa por primera vez la vacuna antirrábica en un humano

El 6 de julio de 1885, en París, el químico y microbiólogo Louis Pasteur asumió una de las apuestas más audaces de la historia de la medicina. Aceptó tratar a un niño de nueve años llamado Joseph Meister, gravemente mordido por un perro que se creía rabioso, con una vacuna experimental que nunca antes se había empleado para salvar una vida humana.
La rabia era, en aquel tiempo, una enfermedad casi siempre mortal. Una vez que aparecían los síntomas, la muerte era prácticamente segura y a menudo agónica, y el terror que inspiraba era desproporcionado respecto al número de casos. Una mordedura de un animal rabioso se entendía ampliamente como una sentencia de muerte aplazada, sin que la medicina pudiera hacer nada por evitarla.
Pasteur había pasado años estudiando la enfermedad y desarrollando un tratamiento. Junto con sus colaboradores, había producido una serie de preparados a partir del tejido medular de conejos infectados, secado para debilitar al agente responsable. Inyectado en una secuencia de fuerza creciente, el tratamiento estaba diseñado para reforzar las defensas del cuerpo más rápido de lo que la infección podía afianzarse, ya que la rabia avanza con lentitud tras una mordedura.
Había probado el enfoque en animales, pero nunca en una persona. Pasteur no era médico, y administrar un tratamiento no comprobado a un niño entrañaba un riesgo enorme, tanto para el niño como para su propia reputación. Según los relatos históricos, se angustió con la decisión antes de proceder, consciente de que un fracaso podría verse como el acto imprudente de un científico que experimentaba con un paciente.
El tratamiento se llevó a cabo a lo largo de varios días, con una serie de inyecciones. Joseph Meister no desarrolló la rabia. Su supervivencia, tras una mordedura que muy probablemente habría sido mortal, se tomó como una prueba espectacular de que la vacuna funcionaba, y la noticia del logro se difundió con rapidez, llevando hasta Pasteur a pacientes mordidos por animales rabiosos de toda Francia y más allá.
El éxito tenía una trascendencia que iba mucho más allá de un solo caso. Ofrecía un poderoso respaldo a la teoría microbiana de la enfermedad, la idea de que organismos microscópicos concretos causan enfermedades concretas, que Pasteur había ayudado a establecer y que algunos en el mundo médico aún cuestionaban. Un tratamiento construido sobre esa teoría había, al parecer, derrotado a una de las enfermedades más temidas que se conocían.
El trabajo sobre la rabia también contribuyó a inaugurar la ciencia moderna de la vacunación. El principio de exponer deliberadamente al cuerpo a una forma debilitada de un agente patógeno, para que aprendiera a defenderse, ampliaba un concepto que se remontaba a la inoculación anterior contra la viruela. Pasteur, honrando ese linaje, adoptó la palabra vacuna en homenaje al trabajo pionero contra la viruela.
El logro condujo directamente a la fundación del Instituto Pasteur en París, creado unos años después para continuar la investigación sobre las enfermedades y producir vacunas y tratamientos. El instituto se convirtió en uno de los principales centros de microbiología del mundo, y una red que llevaba el nombre de Pasteur se extendió internacionalmente, prolongando su influencia mucho más allá de su propia vida.
Los historiadores han examinado desde entonces el episodio con más detenimiento, señalando las cuestiones éticas que planteaba tratar a un niño con una terapia no probada y los riesgos que Pasteur aceptó al hacerlo. Tales reevaluaciones sitúan el momento dentro de los estándares de su tiempo, a la vez que reconocen sus extraordinarias consecuencias, y subrayan cuánto ha avanzado desde entonces la ética de la experimentación médica.
Joseph Meister sobrevivió hasta la edad adulta y, según numerosos relatos, siguió vinculado al Instituto Pasteur más adelante en su vida. La fecha de su tratamiento perdura como un hito, el día en que una inyección experimental convirtió una sentencia de muerte en algo que se podía sobrevivir y ayudó a abrir la era en la que la humanidad aprendió a prevenir la enfermedad en lugar de solo padecerla.
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