¿Y si los soviéticos hubieran llegado a la Luna primero? La historia real detrás de la carrera alternativa

Dos años antes de que Neil Armstrong diera el primer paso sobre la superficie lunar el 20 de julio de 1969, el programa espacial soviético acumulaba retraso frente a Estados Unidos en cada etapa de la carrera. Según un reportaje extenso de HistoryExtra, solo en un escenario contrafáctico de Guerra Fría podría haber prosperado el programa lunar soviético, y las consecuencias geopolíticas habrían sido sustanciales.
Los soviéticos habían firmado los primeros grandes titulares de la carrera espacial: el Sputnik, primer satélite artificial, en 1957, y el vuelo tripulado de Yuri Gagarin en 1961. Estados Unidos respondió con el compromiso del presidente Kennedy ante el Congreso, en 1961, de enviar a un estadounidense a la Luna en una década. El programa Apolo consumió una parte importante del presupuesto de Defensa de EE. UU., gastando unos 25.000 millones de dólares de la época — alrededor de 200.000 millones en valor actual.
El fracaso del programa lunar soviético no fue solo de presupuesto. Su pieza central era el enorme cohete N-1. Su grupo principal de motores, de siete metros de altura, contaba con 30 motores separados, una disposición mucho más frágil que los cinco grandes motores F-1 del Saturno V de Wernher von Braun en EE. UU. El N-1 voló cuatro veces; los cuatro lanzamientos fracasaron durante o poco después del despegue.
La segunda debilidad fue el liderazgo institucional. Sergei Korolev — el ingeniero jefe tras el Sputnik y los vuelos Vostok — murió en 1966. Los equipos que asumieron quedaron enredados en rivalidades políticas y disputas técnicas. La NASA tenía una autoridad central única y una cadena de mando relativamente nítida. El esfuerzo lunar soviético, por el contrario, se fragmentó entre oficinas de diseño rivales — la OKB-1 de Korolev, la OKB-586 de Mijaíl Yánguel y la OKB-52 de Vladímir Cheloméi.
En el escenario contrafáctico que plantea HistoryExtra, las posibilidades de un cosmonauta soviético en la Luna en 1968-1969 habrían crecido con claridad si el liderazgo soviético hubiera concentrado el programa lunar en una sola oficina de diseño antes de 1964 y desarrollado un cohete más simple que el N-1. En ese marco, el Apolo 8 — el vuelo estadounidense que orbitó la Luna en la víspera de Navidad de 1968 — podría haber sido la segunda misión, no la primera.
La dimensión cultural también importa. En plena Guerra Fría, el alunizaje no era solo una demostración técnica; cumplió la función de confirmación simbólica del sistema liberal-democrático estadounidense frente a la economía planificada soviética. Si un cosmonauta soviético hubiera pisado primero la Luna, la asimetría propagandística se habría invertido: Pravda podría haberlo presentado como la ciencia soviética adelantando al sistema occidental, y los movimientos de izquierda del Tercer Mundo lo habrían incorporado a sus propios argumentos.
Las consecuencias políticas en EE. UU. habrían sido graves. El coste creciente de la guerra de Vietnam y el debate interno ya presionaban a Lyndon B. Johnson y después a Richard Nixon. El historiador Walter McDougall, en su libro «... the Heavens and the Earth», publicado en 1985, sostuvo que el éxito del Apolo 11 ayudó a preservar, justo antes de la derrota estadounidense en Vietnam, la percepción de que «la última gran potencia seguía siendo intocable». Sin esa percepción, la política de los años setenta podría haber seguido otros caminos.
En el propio terreno espacial, la consecuencia más directa del escenario alternativo se habría sentido en la década siguiente. Tras el Apolo 11, EE. UU. realizó cinco alunizajes tripulados más (Apolo 12 a 17, salvo Apolo 13). Los soviéticos cancelaron en silencio su programa lunar tripulado y redirigieron el esfuerzo hacia estaciones espaciales orbitales como Salyut y Mir. Si los soviéticos hubieran alunizado primero, EE. UU. probablemente habría prolongado de forma mucho más agresiva su programa Skylab; la ocupación orbital de larga duración se habría convertido en un frente mucho más competitivo en los años setenta.
Hay también una conexión contemporánea. La «segunda carrera espacial» del siglo XXI — entre EE. UU., China, India y actores privados como SpaceX y Blue Origin — ha vuelto a arrancar con un renovado interés por los programas lunares. El programa Artemisa de la NASA realizó el vuelo tripulado de sobrevuelo lunar Artemisa II en 2026; la República Popular China apunta a un alunizaje tripulado antes de 2030. El simbolismo recuerda a los años sesenta; las bases económicas, geopolíticas y tecnológicas son notablemente distintas.
Los escenarios contrafácticos como el de HistoryExtra forman parte de lo que los historiadores llaman «historia contrafáctica». Ese método no pregunta por qué el pasado se desarrolló como lo hizo, sino qué podría haber pasado si hubiera evolucionado de otra manera. Manejado con cuidado, ayuda a aclarar qué factores fueron decisivos y cuáles cabe considerar accidentes. La carrera espacial es uno de sus terrenos más fértiles.
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