Twin Peaks Drive-In de Hood River: un último testimonio de la cultura estadounidense del autocine

En una pequeña carretera de Hood River, Oregón, en la garganta del río Columbia, un cartel dice "Twin Peaks Drive-In". Hoy, con los autocines de EE. UU. ya en cifras de tres dígitos, este es uno de los últimos testigos de un modo de vida estadounidense particular de mediados del siglo XX. El retrato que Atlas Obscura hace de este local de pueblo es, en realidad, una historia cultural más amplia.
El autocine empezó en 1933 con su primer ejemplo en Nueva Jersey. Su fundador, Richard Hollingshead, probó primero en su patio y luego a escala comercial la idea de un cine que pudiera instalarse delante de las casas desde un automóvil. A mediados de los años 50, EE. UU. tenía más de 4.000 autocines. El auge coincidió con la explosión suburbana de posguerra, la posesión masiva del automóvil y el ocio centrado en la familia.
La mecánica de la experiencia era sencilla: aparcabas en una plaza marcada y conectabas el sonido a un pequeño altavoz colgado de la ventanilla o sintonizabas una frecuencia FM designada. Al caer la noche, una pantalla gigante proyectaba un programa doble, normalmente con una película familiar antes de una para adultos.
Culturalmente, el autocine cumplía tres funciones a la vez. Ofrecía ocio asequible a familias con niños pequeños. Creaba un espacio social para adolescentes. Y servía como canal de distribución adicional para los estudios en pueblos con pocas pantallas.
El declive llegó a partir de los años 70. La televisión y el vídeo doméstico — ventas de VHS en los 80 — restaron motivación para salir de casa por la noche. Subieron los valores del suelo, y los amplios terrenos abiertos que necesita un autocine perdieron frente a los centros comerciales al densificarse los suburbios. El formato de pantalla única quedaba también en desventaja frente a los multicines.
Hoy la asociación de propietarios de autocines estima en unos 300 los autocines activos. Twin Peaks Drive-In figura en esa lista corta. La sala programa sobre todo películas familiares y clásicos en las noches de verano del fin de semana. La temporada suele abrir hacia el Memorial Day y cerrar a mediados de octubre.
El propio pueblo contribuye a la preservación. Hood River, en el corredor de viento natural del Columbia, es destino mundial para deportes acuáticos y recibe muchos más visitantes que residentes cada verano. Las noches de autocine son punto de encuentro de locales y visitantes.
Un detalle que destaca Atlas Obscura es la elección del nombre. Twin Peaks remite a la serie de David Lynch de 1990; los cercanos Mt. Hood y Mt. Adams son los dos picos del cartel. Arquitectónicamente, el lugar mantiene su estética original de los años 50: gran pantalla blanca, neón, amplio aparcamiento de grava y un pequeño bar de snacks.
Los autocines han despertado interés más allá de EE. UU. en los últimos años. Durante la pandemia de COVID-19, con las salas clásicas cerradas en muchos países, la experiencia al aire libre vivió un repunte temporal; tras la normalización, el interés volvió a caer. Aun así, locales como Twin Peaks han sobrevivido como nichos culturales.
El valor de esta pequeña explotación de Hood River no es solo el de un género de cine; es también el de un objeto tangible de un momento social estadounidense concreto. Los coches en el aparcamiento, la pantalla iluminada al anochecer, el sonido por el altavoz — todo eso ofrece una copia visual y acústica del sueño suburbano estadounidense de los 50. Si los autocines desaparecen del todo, la versión física de ese sueño se irá con ellos.
Por eso Atlas Obscura registra estos lugares: para retener, en el tiempo, testigos que se borran poco a poco pero que ayudan a entender cómo una cultura se veía a sí misma. Twin Peaks Drive-In es ya uno de esos testigos registrados.
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