¿Realmente ayudan los wearables a las personas con enfermedad cardiovascular? Lo que dicen las pruebas

En la mayoría de las calles, alrededor de tres de cada diez transeúntes llevan un reloj inteligente, muchos equipados con sensores que registran el ritmo cardiaco, realizan un electrocardiograma, miden la saturación de oxígeno y siguen las fases del sueño. La industria de los wearables sostiene que estos dispositivos son transformadores para los pacientes cardiovasculares. STAT News se propuso comprobarlo revisando los principales metaanálisis publicados en los dos últimos años.
La revisión gira en torno a tres preguntas: ¿detectan los wearables antes la fibrilación auricular (FA)? ¿Elevan la actividad física lo suficiente para reducir el riesgo cardiovascular? ¿Mejoran el control de la hipertensión? Las respuestas son distintas.
La evidencia es más sólida en la detección de FA. Las funciones de ECG aprobadas por la FDA en Apple Watch, Fitbit y Samsung Galaxy Watch identifican FA hasta entonces desconocida en adultos sin síntomas. Un metaanálisis publicado en 2025 en JAMA Cardiology, citado por STAT, agrupó 12 ensayos clínicos aleatorizados y concluyó que los programas de cribado casi duplican las nuevas tasas de diagnóstico en mayores de 65 años con riesgo bajo o moderado. Los autores subrayan, no obstante, que aún no está probado que ese diagnóstico temprano se traduzca en menos ictus.
El panorama es más turbio en actividad física. Un metaanálisis del BMJ de 2024 mostró que los pacientes cardiovasculares con reloj inteligente añadían entre 1.300 y 1.800 pasos diarios en los tres primeros meses, pero el efecto se diluía a partir del sexto. Los expertos en cambio de conducta sostienen que el dispositivo por sí solo no basta: el beneficio duradero aparece cuando se combina con coaching, rehabilitación cardiaca o seguimiento telefónico programado.
La gestión de la hipertensión es el área más discutida. Innovaciones como la estimación de la tensión sin brazalete del Galaxy Watch han llamado la atención, pero los estudios de validación muestran que el dispositivo puede dar lecturas inexactas, sobre todo en la franja alta. La American Heart Association señala que las estimaciones ópticas en la muñeca no sirven aún para decisiones clínicas: el brazalete validado en el brazo sigue siendo el patrón de referencia.
Otra limitación importante es la equidad. Investigadores de Stanford y Mount Sinai citados por STAT han demostrado que los relojes inteligentes pueden leer el pulso y la saturación de oxígeno con sesgo sistemático en pieles más oscuras. Apoyarse en estos datos para guiar un tratamiento puede empeorar las decisiones en pacientes de minorías — una preocupación que varios grandes centros académicos ya señalan en sus guías de adopción.
Hay también fatiga de alertas. Los falsos positivos de FA pueden generar pánico y visitas innecesarias a urgencias. Un estudio publicado en mayo en JAMA Internal Medicine constató que el 68 % de los pacientes que acudieron a urgencias por una alerta del Apple Watch no presentaban FA activa. El cardiólogo Steven Lubitz defiende un planteamiento pragmático: la alerta es una indicación para verificar, no una decisión médica en sí.
Para los pacientes con insuficiencia cardiaca el panorama es más alentador. Los datos de composición corporal y de frecuencia cardiaca nocturna permiten a los clínicos detectar el deterioro antes del ingreso. Un piloto de la Cleveland Clinic en 2025 registró una reducción del 28 % en las reingresos a 30 días en los pacientes con monitorización remota frente a los cuidados habituales.
Emergen algunos factores prácticos. Los especialistas consideran que los wearables aportan valor real en tres situaciones: un paciente activo que responde al feedback; una persona mayor de 65 años con riesgo de FA silente; un paciente con insuficiencia cardiaca incluido en un programa de monitorización remota. Un monitor en la muñeca, recuerdan los médicos, no sustituye a la consulta, al brazalete validado ni al cumplimiento del tratamiento.
El mensaje de fondo es que los relojes inteligentes están entrando en la práctica médica pero no son una señal de "todo está bien". Bien utilizados, ofrecen alerta temprana y apoyo conductual; mal utilizados, generan ansiedad y visitas evitables. La pregunta, concluye STAT, ha dejado de ser "¿ayudan los wearables?" para convertirse en "¿qué paciente, qué pregunta, qué programa de monitorización?"
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