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Historia

Por qué Venus ha fascinado a los astrónomos durante siglos

Aeonhace 2 h
La silueta oscura de Venus cruzando el disco del Sol durante un tránsito
La silueta oscura de Venus cruzando el disco del Sol durante un tránsitoPhoto: Md Mamun Miah / Pexels

De vez en cuando, el planeta Venus se sitúa exactamente entre la Tierra y el Sol, apareciendo durante unas horas como un pequeño punto negro que avanza por el disco solar. Este fenómeno, conocido como tránsito de Venus, es uno de los eventos predecibles más raros del sistema solar, y durante siglos ha llevado a los astrónomos a organizar expediciones elaboradas, a veces peligrosas, solo para poder observarlo, persiguiendo un espectáculo que dura apenas unas horas y luego desaparece durante generaciones.

El primer tránsito observado y registrado tuvo lugar en 1639, cuando los astrónomos ingleses Jeremiah Horrocks y William Crabtree siguieron, cada uno por su cuenta, el paso de Venus frente al Sol desde sus casas en Inglaterra, tras calcular, en contra de las previsiones de los astrónomos más reconocidos de la época, que el fenómeno estaba a punto de producirse. Según algunos relatos, Horrocks tenía entonces apenas veintipocos años, y su observación se describe habitualmente como la proyección de la imagen del Sol a través de un telescopio sencillo sobre una pantalla, para poder seguir el recorrido de Venus con seguridad. Su observación confirmó que los tránsitos podían predecirse con precisión suficiente para planificarlos.

No fue hasta el siglo siguiente cuando los tránsitos de Venus se convirtieron en objeto de una ambición científica verdaderamente global. Antes de los tránsitos de 1761 y 1769, la propuesta del astrónomo inglés Edmond Halley, formulada décadas antes, según la cual cronometrar un tránsito desde puntos muy separados de la Tierra permitiría calcular la distancia entre la Tierra y el Sol, impulsó un esfuerzo internacional sin precedentes que movilizó decenas de estaciones de observación repartidas por varios continentes.

El método de Halley se basaba en la paralaje: observadores situados en distintas latitudes verían a Venus trazar un recorrido ligeramente diferente sobre el Sol, y comparando los tiempos de contacto registrados desde varios lugares, los astrónomos podían triangular la unidad astronómica, la distancia de referencia que sustenta prácticamente todas las demás mediciones del sistema solar, desde el tamaño de las estrellas hasta la escala de la propia Vía Láctea.

Gobiernos y academias científicas de toda Europa enviaron expediciones a rincones remotos del planeta para obtener esas mediciones, entre ellas el viaje que llevó al capitán James Cook a Tahití en 1769, junto con equipos enviados a Siberia, Noruega y otros puestos aislados, en lo que los historiadores de la ciencia suelen describir como uno de los primeros proyectos científicos internacionales coordinados, uno que exigió cooperación entre imperios rivales incluso cuando algunos de ellos seguían en guerra.

Las expediciones no fueron fáciles. Los largos viajes por mar, las enfermedades y el clima impredecible arruinaron muchas observaciones planificadas, y hasta las observaciones exitosas se complicaron por el «efecto de la gota negra», una distorsión óptica que dificultaba determinar el instante exacto en que la silueta de Venus tocaba el borde del Sol. Los historiadores de la ciencia relatan que al menos un astrónomo, enviado a un puesto de observación remoto, habría perdido por completo el tránsito tras meses de viaje, al encontrarse el cielo cubierto de nubes en el momento decisivo. Las estimaciones de distancia resultantes variaron más de lo que los astrónomos habían esperado.

Un segundo par de tránsitos, en 1874 y 1882, dio lugar a campañas internacionales aún mayores, esta vez con ayuda de la fotografía, mientras los astrónomos buscaban afinar aquellas primeras estimaciones de la unidad astronómica con una precisión que el simple cronometraje a simple vista no podía ofrecer, empleando aparatos fotográficos especialmente diseñados para fijar los instantes de contacto sobre placas de vidrio.

Los tránsitos de Venus son tan raros por la inclinación de la órbita de Venus respecto a la de la Tierra, de unos 3,4 grados. Un tránsito solo puede producirse cuando Venus pasa entre la Tierra y el Sol justo en el momento en que también cruza el plano de la órbita terrestre. Esa alineación genera un patrón inusual: los tránsitos llegan en parejas separadas por ocho años, seguidas de intervalos de aproximadamente 105 y luego 121 años antes de que el ciclo se repita, un ritmo que a veces se resume como el ciclo venusino de 243 años.

El último par de tránsitos, visible desde la Tierra en 2004 y 2012, atrajo un público mucho mayor que cualquiera de sus predecesores históricos, gracias a las tecnologías seguras de observación solar y a la cobertura mediática global, aunque la necesidad científica de medir la unidad astronómica por este método ya había sido superada hacía tiempo por las mediciones de radar y de sondas espaciales.

El próximo tránsito de Venus no ocurrirá hasta 2117, lo que significa que probablemente nadie con vida hoy llegue a verlo. Esa rareza es clave para la fascinación duradera del fenómeno: una lágrima negra y fugaz que cruza el Sol, visible solo durante unas horas, y luego ausente del cielo durante más de un siglo.

Este artículo es un resumen editorial asistido por IA basado en Aeon. La imagen es una foto de archivo de Md Mamun Miah en Pexels.

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