Lp(a): el riesgo cardíaco genético oculto que la mayoría nunca se hace analizar

La mayoría de los adultos puede recitar sin esfuerzo su nivel de LDL, de HDL, o incluso su puntuación de colesterol total tras el último chequeo. Muchos menos han oído hablar de la Lp(a), una partícula menos conocida relacionada con el colesterol que, según un nuevo estudio, merece mucha más atención. Investigadores que siguieron a más de 20.000 personas descubrieron que los niveles muy altos de Lp(a) estaban vinculados a un riesgo significativamente mayor de eventos cardiovasculares graves, en particular ictus y muerte cardiovascular.
Esta partícula, abreviatura de lipoproteína(a), circula en la sangre junto a grasas más conocidas como el colesterol LDL. Lo que la distingue —y la vuelve más peligrosa para algunas personas, según los investigadores— es una proteína adicional llamada apolipoproteína(a) unida a su superficie. Esa proteína parece hacer que la Lp(a) sea especialmente eficaz para contribuir a la acumulación de placa grasa dentro de las paredes arteriales, además de interferir con la capacidad del cuerpo para disolver coágulos sanguíneos.
A diferencia del colesterol LDL, que varía con la dieta, el ejercicio, el peso y los medicamentos, los niveles de Lp(a) están determinados casi exclusivamente por la genética. Un único gen heredado de los padres fija el nivel de Lp(a) desde etapas tempranas de la vida, y este se mantiene aproximadamente igual desde la infancia. Esto significa que una persona puede alimentarse bien, hacer ejercicio con regularidad y mantener bajo control todos los demás factores de riesgo cardiovascular, y aun así cargar con un riesgo hereditario oculto que nunca aparece en la báscula ni en la cinta de correr.
Esa fijeza genética también explica por qué tan pocas personas conocen su nivel. Los análisis de colesterol estándar, solicitados en una revisión de rutina, suelen medir el colesterol total, el LDL, el HDL y los triglicéridos, pero no la Lp(a). Analizarla requiere una solicitud específica, y muchos médicos de atención primaria no la piden a menos que el paciente tenga antecedentes familiares claros de enfermedad cardíaca o ictus a edad temprana, o eventos cardiovasculares inexplicables pese a tener el colesterol normal.
Según la nueva investigación, un nivel elevado de Lp(a) está lejos de ser raro. Los autores del estudio calculan que aproximadamente una de cada cinco personas presenta niveles muy altos de esta partícula, una proporción que la sitúa en la misma categoría que factores de riesgo analizados con más frecuencia, como la hipertensión arterial. Como el vínculo con el riesgo de ictus resultó particularmente fuerte, los investigadores sostienen que este hallazgo debería llevar a más médicos a considerarlo en pacientes cuyo riesgo de ictus permanece, por lo demás, inexplicado.
El mecanismo detrás del vínculo con el ictus no está del todo establecido, pero los investigadores señalan el doble papel de la Lp(a): se comporta como el LDL al favorecer la formación de placa que obstruye las arterias, mientras que su componente apolipoproteína(a) se asemeja estructuralmente al plasminógeno, una proteína que el cuerpo utiliza para disolver coágulos. Al interferir con ese proceso de disolución, un nivel alto de Lp(a) podría facilitar la formación de coágulos y dificultar que el cuerpo los elimine una vez formados, una combinación que aumenta la probabilidad de que un coágulo llegue al cerebro.
Como los niveles se fijan de por vida, los médicos que solicitan la prueba suelen considerar suficiente una sola medición: repetirla aporta poco valor, a diferencia del LDL, que puede cambiar con el tratamiento. Las autoridades sanitarias de varios países han empezado a recomendar que todo adulto se haga analizar la Lp(a) al menos una vez, un paso de bajo costo y poco esfuerzo que podría revelar un riesgo que de otro modo permanecería invisible durante décadas.
Saber que se tiene un nivel alto de Lp(a) no viene, por ahora, acompañado de un tratamiento específico. Todavía no existe ningún medicamento ampliamente aprobado para reducir la Lp(a), por lo que los cardiólogos se concentran en todo lo demás que sí puede controlarse: bajar el LDL de forma más agresiva, tratar la presión arterial, dejar de fumar y, en pacientes de mayor riesgo, recetar medicación anticoagulante. La lógica es que reducir los otros factores que contribuyen a la placa y a la coagulación puede compensar parte del peligro que representa un nivel elevado de Lp(a).
Eso podría estar a punto de cambiar. Varias farmacéuticas tienen medicamentos para reducir la Lp(a) en fases avanzadas de ensayos clínicos, con enfoques que van desde píldoras de molécula pequeña hasta inyecciones que silencian el gen y evitan que el hígado produzca tanta apolipoproteína(a). Los primeros resultados muestran que algunos de estos tratamientos pueden reducir drásticamente los niveles de Lp(a), aunque todavía no se ha establecido si bajar la partícula se traduce directamente en menos infartos e ictus; los ensayos diseñados para responder esa pregunta siguen en curso.
Por ahora, la conclusión práctica de la investigación es sencilla: un análisis de sangre puntual que la mayoría de la gente nunca ha pedido podría revelar un factor de riesgo que ningún estilo de vida saludable puede cambiar por sí solo, pero que, una vez conocido, sigue siendo manejable. Cada vez más cardiólogos sostienen que la Lp(a) debería formar parte, junto con la presión arterial y el colesterol estándar, de la evaluación rutinaria del riesgo cardiovascular, en lugar de seguir siendo una prueba de nicho reservada para quienes ya presentan problemas cardíacos inexplicados.
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