¿Sabían los romanos de Pompeya que estaban condenados? Qué dice la arqueología

En agosto u octubre del 79 d. C. — la fecha exacta sigue siendo objeto de debate — el Vesubio entró en erupción y sepultó Pompeya, Herculano y los asentamientos vecinos bajo la ceniza y los flujos piroclásticos. Se estima que murieron entre 2.000 y 15.000 personas. Durante diecinueve siglos, los arqueólogos se han hecho la misma pregunta: ¿percibieron los habitantes los signos de la catástrofe que se avecinaba?
HistoryExtra publica una entrevista con Gabriel Zuchtriegel, director del Parque Arqueológico de Pompeya, y un resumen de los hallazgos de la última década. La respuesta es matizada. Muchas señales estaban presentes y la población percibió varias — pero el concepto moderno de « amenaza volcánica » aún no existía.
La mirada romana al Vesubio resulta extraña con criterios actuales. Los escritores antiguos — en particular Estrabón (siglo I a. C.) y Vitruvio (siglo I a. C.) — describen la montaña como un volcán activo. Estrabón menciona la cumbre con rocas « de aspecto quemado » y cavernas; Vitruvio enumera pruebas de erupciones anteriores. Pero la última erupción se había producido hacia el año 600 a. C.; el volcán había permanecido en silencio siete siglos antes del 79 d. C. Para los habitantes, era suelo fértil y bosque amplio, no un volcán.
En el año 62 d. C., un gran terremoto sacudió Pompeya. Séneca lo describe con detalle en sus Naturales Quaestiones: destruyó buena parte de la ciudad. La reconstrucción ocupó las décadas siguientes. Los arqueólogos consideran que, en el momento de la erupción del 79, Pompeya seguía siendo una obra abierta, con más de la mitad de sus casas en algún estado de restauración.
En los años posteriores al terremoto, los temblores menores continuaron. En su célebre carta a Tácito, Plinio el Joven escribió que en los días previos a la erupción « los temblores leves » se habían vuelto rutinarios y los lugareños apenas reparaban en ellos. Su frase es reveladora: « las sacudidas eran muy comunes en Campania ». Eso indica que la población no leía los terremotos como una señal mayor.
La última década de arqueología pompeyana ha aportado datos nuevos. Las excavaciones en la Insula dei Casti Amanti hallaron evidencias de que, en los días previos a la erupción, los pozos se secaron, los animales huyeron y las vides se marchitaron de forma inusual. Para un vulcanólogo es el cuadro típico del magma acercándose a la superficie. Pero los romanos no disponían de la ciencia para interpretar este conjunto como una « advertencia volcánica » coherente.
La carta de Plinio el Joven es el relato más detallado del día de la erupción. Por la tarde, escribe, una gran nube se elevó del monte; su forma recordaba a un pino piñonero. Su tío, Plinio el Viejo, mandaba la flota romana en Miseno; al ver la nube envió naves para evacuar a la población. Él mismo murió en la erupción.
Las evidencias arqueológicas de huida y resistencia son variadas. Muchos de los esqueletos hallados en Pompeya yacen dentro de casas cerradas con sus joyas: personas que decidieron huir en el último momento sin lograrlo. En Herculano, unos 300 esqueletos aparecieron en un cobertizo de barcas junto al mar; aquellas personas esperaban embarcaciones cuando el flujo piroclástico las alcanzó. Confiaban en poder partir « cuando cambiase la marea y las olas se calmasen ».
Muchos otros se quedaron en sus casas o intentaron huir demasiado tarde. Las señales se subestimaron; la población no captó la magnitud del peligro. Un vulcanólogo moderno describiría lo ocurrido como una « crisis » de siete días durante la cual la evacuación era posible. Para los romanos, la misma crisis podía leerse como un presagio religioso, un suceso natural ordinario o una señal profética.
La lección que extrae Gabriel Zuchtriegel es que los romanos carecían de herramientas intelectuales para entender qué era el Vesubio. No sabían qué eran los volcanes, cómo se comportaba el magma, qué significaban las señales preeruptivas. Sin embargo, los datos de la última década muestran que una parte de la población sentía que algo iba mal, intentó marcharse y, sencillamente, llegó tarde.
Panorama general: los pompeyanos no « sabían » que estaban condenados — no había un marco cognitivo equivalente. Pero sintieron las alertas, se inquietaron con los terremotos y las señales extrañas, prepararon sus casas, reunieron sus joyas. Los historiadores presentan la historia como un caso trágico de cómo se comporta una población ante un desastre natural que no tiene marco científico para interpretar.
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