Salud

Desiertos de desfibriladores: por qué millones en Inglaterra y Gales viven demasiado lejos de un dispositivo que salva vidas

Guardian Healthhace 1 h
Un armario de desfibrilador de acceso público instalado en una pared exterior
Un armario de desfibrilador de acceso público instalado en una pared exteriorPhoto: Mike Norris / Pexels

Cuando el corazón de una persona deja repentinamente de latir de forma eficaz, el factor más determinante para su supervivencia no es a qué hospital acabará siendo trasladada. Es lo que ocurra en los primeros minutos, antes de que una ambulancia pueda llegar de forma realista. Una nueva investigación de la campaña Heart Restart pone una cifra contundente a cuántas personas en Inglaterra y Gales están mal posicionadas para esos minutos cruciales: más de 16 millones viven a más de 1 km de ida y vuelta de un desfibrilador al que pueden acceder a cualquier hora del día o de la noche.

Un paro cardíaco es distinto de un infarto, aunque ambos suelen confundirse. En un paro cardíaco, el sistema eléctrico del corazón falla y deja de bombear sangre con eficacia, provocando que la persona se desplome y pierda el conocimiento en cuestión de segundos. Sin intervención, las probabilidades de supervivencia caen aproximadamente un diez por ciento por cada minuto que pasa. Un desfibrilador externo automático, un dispositivo diseñado para ser usado de forma segura por transeúntes sin formación, puede administrar una descarga que restablezca un ritmo cardíaco normal.

El análisis de Heart Restart, que cruzó la ubicación de los desfibriladores de acceso público con datos de población, encontró que el problema es más amplio de lo que sugiere por sí sola la cifra de 16 millones. En Inglaterra y Gales, unos 35 millones de personas, más de la mitad de la población, no viven dentro del radio de caminata rápida de tres a cinco minutos recomendado como límite para que un desfibrilador sea útil en una emergencia. De ese grupo, alrededor de la mitad vive a más de 1 km de ida y vuelta de un dispositivo accesible las 24 horas.

Esa distinción, entre un desfibrilador cualquiera y uno accesible las 24 horas del día, importa enormemente. Muchos desfibriladores públicos están alojados dentro de edificios cerrados con llave, como colegios, gimnasios u oficinas, y solo son accesibles en horario de apertura. Un dispositivo instalado en el vestíbulo de un lugar de trabajo sirve de poco a alguien que se desploma en el mismo barrio a las 11 de la noche. Los activistas sostienen que mapear y difundir qué dispositivos son realmente accesibles en todo momento es tan importante como instalar otros nuevos.

La magnitud del problema subyacente es considerable. Según las cifras citadas en la investigación, en el Reino Unido se producen cada año más de 40.000 paros cardíacos fuera del hospital, y menos de una de cada diez personas que los sufre fuera de un centro sanitario sobrevive. Esa tasa de supervivencia, por baja que sea, aumenta sustancialmente cuando los testigos comienzan la reanimación cardiopulmonar y usan un desfibrilador antes de que lleguen los paramédicos, una secuencia de acciones a menudo denominada «cadena de supervivencia».

Los programas de desfibriladores públicos se han expandido notablemente en las últimas dos décadas, financiados a menudo por un mosaico de recaudación benéfica, subvenciones de ayuntamientos e iniciativas de grupos comunitarios, en lugar de un único programa nacional coordinado. Ese modelo de financiación ha producido una cobertura densa en algunas zonas y vacíos casi totales en otras, correlacionados con frecuencia con la riqueza o la capacidad organizativa de la comunidad local más que con la necesidad médica subyacente.

Las zonas rurales enfrentan una versión distinta del problema. Incluso donde existe un desfibrilador, los tiempos de respuesta de las ambulancias en regiones poco pobladas pueden ser considerablemente más largos que en las ciudades, lo que hace que la presencia de un dispositivo cercano y siempre accesible sea aún más crítica, no menos. Los activistas han impulsado registros que permitan a los operadores de emergencias dirigir en tiempo real a quienes llaman al número de emergencias hacia el desfibrilador disponible más cercano, un sistema ya usado en algunas zonas del Reino Unido pero no de forma universal.

La concienciación pública sobre cómo usar un desfibrilador sigue siendo otra barrera, distinta de la geografía. Los dispositivos están diseñados con instrucciones de voz y administración automática de la descarga precisamente para que miembros del público sin formación puedan usarlos con seguridad, pero los datos de encuestas citados por asociaciones cardíacas han mostrado repetidamente que muchas personas desconocen que hay un desfibrilador cercano, o se sienten inseguras a la hora de acercarse y usarlo durante una emergencia.

Cerrar la brecha identificada por la investigación probablemente requeriría tanto nuevas instalaciones en zonas desatendidas como un cambio hacia garantizar que los dispositivos existentes sean accesibles a todas horas, en lugar de permanecer cerrados fuera del horario comercial. Algunos organismos de salud locales han empezado a experimentar con armarios exteriores resistentes a la intemperie que permiten el acceso permanente incluso cuando el edificio detrás está cerrado.

Para los millones de personas que la investigación identifica como residentes en un desierto de desfibriladores, esa brecha no es una estadística abstracta, sino una medida de lo lejos que están, en el peor momento de sus vidas, de la intervención con más probabilidades de salvarlas. Los activistas afirman que cerrar esa brecha tiene menos que ver con una tecnología nueva y extraordinaria que con garantizar que la tecnología que ya existe se coloque, y se mantenga accesible, donde más se necesita.

Este artículo es un resumen editorial asistido por IA basado en Guardian Health. La imagen es una foto de archivo de Mike Norris en Pexels.

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